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La Era del Caos es la segunda era conocida en la historia de los Reinos Mortales. Tuvo lugar tras la Era de los Mitos, aunque no se nos indica ningún evento en concreto que señale el fin de una era y el inicio de la siguiente. De hecho, dependiendo de la fuente un evento intermedio puede estar incluido en una u otra era.

La Era del Caos comenzó con sangre y traición. Se reunieron ejércitos para detener las primeras invasions, pero las viejas alianzas se disolvieron, todas las facciones recelaban de nuevas traiciones y ningún poder era capaz de resistirse en solitario a los Dioses Oscuros. Aun con la misteriosa desaparición de Slaanesh, las fuerzas de los Dioses del Caos asolaban los reinos mortales. Su acometida derruía ciudades y destruía imperios de la noche a la mañana. Fue una era oscura que devoró todo el conocimiento y en su lugar vomitó crueldad, esclavitud y desesperación. Los reinos degeneraron a un estado salvaje, ruinas de una breve utopía sepultadas bajo incontables guerras. El dominio del Caos terminó siendo tan absoluto que sus propios ejércitos se volvieron los unos contra los otros, peleando entre ellos por él botín de la victoria.

Incursión Demoníaca Editar

A medida que la unión del panteón de Sigmar empezó a flaquear, otras fuerzas prepararon ejércitos invasores. Augurios siniestros vaticinaban los desastres venideros, pero los detalles estaban fuera de la vista de los propios dioses. Todo aquello por lo que Sigmar había luchado se desmoronaba...

Mientras la Era de los Mitos se desarrollaba, otros ojos estaban puestos en los Ocho Reinos. Desde más allá de la realidad, los Dioses del Caos observaban, celosos de las exploraciones de Sigmar. No quitaban sus ojos ávidos de nuevas criaturas que corromper y culturas que conquistar. Khorne, Tzeentch, Nurgle y hasta el empachado Slaanesh codiciaban aquellas nuevas tierras.

Antes de que los poderes del Caos pudieran lanzar su invasión, debían perforar la barrera entre su propio reino y la realidad. Los nativos de los Reinos Mortales no sabían de los Dioses Oscuros, puesto que los pocos supervivientes del Mundo-que-fue mantuvieron en secreto su existencia, temerosos de que su sola mención los fortaleciera. Pero los poderes ruinosos encontraron formas de penetrar en los Reinos Mortales. al principio, sus métodos fueron sutiles. Intrigantes traidores del que pretendían derrocar a sus legítimos gobernantes tejieron complejas maquinaciones en su contra. Sus plegarias llegaron directamente a Tzeentch, plegarias que el dios estuvo encantado de corresponder. Nobles de Ulgu hastiados de conspirar unos contra otros fundaron cultos al placer que atrajeron a los Demonios de Slaanesh. En Ghyran, la codicia llevó a algunos gobernantes a envenenar las tierras de sus rivales para mayor regocijo de Nurgle. Algunas tribus se vieron acosadas por enormes plagas de alimañas, y guiados por terribles sueños, terminaron adorando a la Gran Rata Cornuda. Por su parte el espíritu marcial de muchas tribus de Aqshy fortaleció la presencia de Khorne en esas tierras, acentuándose su dominio gracias a las prácticas caníbales de algunos pueblos.

Fue así como empezaron las incursiones demoníacas en los Reinos Mortales. Al principio los ataques del Caos eran breves, perpetrados por ejércitos que sólo querían masacrar y cuyo número menguaba pronto, si bien no lo hacían su ferocidad ni su destreza arcana. Pero con el tiempo esto cambió gradualmente, pues los Dioses del Caos combinaron fuerzas y abrieron brechas mayores en la barrera, permitiendo a más legiones demoníacas atacar los reinos.

Mediante el heroísmo y las armas, las fuerzas del Orden lograron vencer a sus enemigos sobrenaturales en los primeros compases de a invasión. Pero lentamente se iban abriendo más y más fisuras. La mayor presión de estos asaltos puso de manifiesto la desunión creciente en la alianza de Sigmar. Entonces llegaron las invasiones de los grandes ejércitos que iniciaron campañas de desgaste, dando así paso a una nueva era, dura y brutal. Había llegado la época del dominio del Caos.  

 La ruptura del Panteón de Sigmar Editar

El Gran ¡Waaagh! Editar

Tal y como pidió el concilio de dioses, Gorkamorka llevó a sus pielesverdes a los bosques, explorando los rincones más oscuros de los Ocho Reinos Mortales. Se veían obligados continuamente a luchar con bestias monstruosas, y hacerlo satisfacían parcialmente la naturaleza combativa de orruks y grots. Pero no les bastaba. Gorkamorka se cansó de las aburridas órdenes y leyes de los otros dioses y llegó a su límite.

Es imposible contener o dirigir la agresividad de un pielverde. Sin previo aviso, Gorkamorka estalló, lanzando un bramido todopoderoso. El rugido gutural estremeció los cielos, “¡Waaagh!”, un grito de guerra que hizo enloquecer aún más a los pielesverdes. La invasión subsiguiente lo pulverizó todo, como un alud viviente de violencia que barría por igual a monstruos y a viejos aliados. Las ciudades eran aplastadas y los ejércitos pisoteados. La cruzada pielverde siguió adelante, azotando los Ocho Reinos de un extremo a otro, dejando tras de sí un rastro de devastación total. Una vez hubo alcanzado el borde de la nada, el abismo del Fin del Mundo, Gorkamorka dio media vuelta y empezó de nuevo, asolando civilizaciones que aún estaban reconstruyéndose tras la destrucción previa.

El Gran ¡Waaagh! sólo conoció su fin cuando las tribus pielesverdes se sumieron en luchas intestinas. El propio Gorkamorka se dividió en dos entes, y ambos cayeron en las trifulcas tan típicas de su bárbara raza. Desde aquel día, Gorkamorka se ha reconstituido en varias ocasiones y cada una de ellas anunciaba otro ¡Waaagh! que reunía a las hordas de orruks más cercanas en una nueva oleada de violencia. Sin embargo, ninguna de las siguientes incursiones pielesverdes fue tan grande ni duradera como la primera, pues todas ellas se disolvieron en poco tiempo.

La búsqueda de las almas perdidas Editar

La historia de la búsqueda de Malerion y Tyrion es enrevesada, pues las argucias de los Dioses Oscuros están implicadas en ella. Durante la caída del El Mundo-que-fue Slaanesh, Príncipe Oscuro del Caos, capturó la práctica totalidad de las almas del pueblo Aelf. Cada una de estas almas constituía para Slaanesh un manjar selecto dado que la pasión era una emoción intrínseca al pueblo Aelf. Entregándose al festín con suma displicencia, el dios se dispuso a devorar estas almas pero tras el mismo terminó abotargado e indefenso. El ahíto Dios del Caos se retiró a su guarida oculta para digerir su copioso banquete. Mas, pese a ser tan cauteloso, Slaanesh no escapó a las tramas de Tzeentch, quien manipuló a Khorne y a los neonatos dioses Aelf.

A Tyrion y Malerion les preocupaba enormemente de que sólo quedaran con vida unos pocos representantes de su antiguamente orgullosa nación, la mayoría de ellos recluidos en Azyr. Con la ayuda de Teclis y Morathi, los dioses Aelven tramaron un extremadamente complejo plan para atrapar a Slaanesh y liberar las almas de su pueblo. Entrenaron a los mejores magos Aelven que encontraron para que les ayudaran en su cometido, dedicando decenas de años para la preparación de su estrategia. Finalmente, atrajeron a Slaanesh a una región oculta situada entre Hysh y Ulgu y consiguieron que la deidad cayera en su trampa meticulosamente preparada. Consiguieron extraer una enorme cantidad de almas del dios oscuro, almas que se repartieron para sanarlas y reformarlas nuevamente. Sin embargo este plan no funcionó tan bien como esperaban y se encontraron con que muchas de estas almas estaban corrompidas por el Caos. A partir de estas almas se crearon los Idoneth Deepkin y muchas de las Hijas de Khaine.

Pero, al perseguir sus fines para capturar a Slaanesh, Malerion y Tyrion dejaron de lado su deber hacia Sigmar y debilitaron la Gran Alianza. Para cuando volvieron a sus dominios los encontraron en plena invasión del Caos, viéndose obligados a organizar rápidamente la defensa de sus respectivos reinos e imposibilitando que el Panteón de Sigmar mostrara un frente unitario contra los poderes ruinosos.     

La Guerra de la Vida Editar

El dios de la plaga Nurgle había codiciado durante mucho tiempo los paraísos de la fecundidad de Alarielle, buscando infestarlos con grotescas formas de vida para que pudieran pasar a formar parte de su vil jardín en el reino del caos. Nurgle empezó a infectar las tierras de Ghyran aprovechando que Alarielle pasaba largas temporadas fuera de su reino bendiciendo otras tierras. Para cuando Alarielle regresó y empezó a luchar con todas sus fuerzas por las tierras de Ghyran, el reino estaba ya infectado. Su culpa y su ira era tan profunda que se terminó cayendo en el desánimo y el declive. Alarielle se culpó tanto a sí misma como a Sigmar por el desastre, centrándose en defender sus tierras en solitario.

El Inframundo bajo asedio Editar

La alianza entre Nagash y Sigmar había sido fuerte en el pasado, puesto que ambos dioses reconocían el uno en el otro a una fuerza mayor  del cosmos. Sin el trabajo incansable de los esclavos de Nagash sus respectivas civilizaciones no podrían haber crecido tan rápido y con tanta fuerza. Las tribus que encontraron pueblos vacíos y ciudades listas para asentarse no hicieron demasiadas preguntas, aunque hubieron oscuros susurros sobre figuras esqueléticas acechando en la noche. Pero cuando al Reino de la Muerte llegaron los ataques de las fuerzas del caos, Nagash acudió rápidamente a defender sus explotaciones y la construcción de las nuevas ciudades se detuvo abruptamente.

Viendo la oportunidad, Archaon había invadido Shyish con ejércitos inmensos, enviando tanto a decenas de miles de esclavos bárbaros como sus fuerzas de élite de la Varanguard. Estas fuerzas se vieron apoyadas por las fuerzas de los taimados Skaven y por las legiones demoníacas que fueron invocadas por los hechiceros de Archaon. Esta inmensa hueste resultó ser imparable y Sigmar, el teóricamente aliado de Nagash, no apareció por ninguna parte. Esta afrenta sería recordada en el futuro por el gran nigromante.

Las Guerras del Nexo Editar

Durante los muchos años en que Slaanesh estuvo cautivo, el resto de poderes del Caos siguieron luchando entre ellos, tratando de hacerse con el pedazo más grande de los territorios del Príncipe Oscuro. Tomaron mucho, pero todavía ansiaban más. Al fin, pusieron sus ojos en un botín más suculento... los Ocho Reinos.

Hasta entonces, la alianza de Sigmar había frustrado las acciones de los esbirros de los Dioses Oscuros. El taimado Tzeentch fue quien abogó por una invasión conjunta de los Ocho Reinos. Khorne y Nurgle recelaban de su manipulador hermano, y cada uno de los dioses quería que uno de sus lugartenientes tuviera el mando de cualquier posible alianza. La discordia amenazaba con degenerar en otra guerra interna, y sólo la sugerencia de que el paladín mortal Archaon fuera el líder logró mantener a los viles poderes unidos.

Una vez hecho frente común, comenzó de verdad la Era del Caos. Una enorme brecha rasgó la barrera entre los reinos e incontables legiones demoníacas marcharon desde el Reino del Chaos. Encontraron a su líder Archaon, destructor de mundos y el mejor de los generales mortales, esperándoles. Tras él formaban hileras de guerreros enfundados en armaduras, bárbaros sedientos de sangre y manadas de bestias salvajes.

La intención de Archaon era conquistar el nexo entre Reinos conocido como Todaspartes. Se trataba de un lugar situado fuera de todos los reinos pero que los conectaba a todos entre ellos. En cada uno de los Reinos Mortales había un único Portal del Reino conectado con Todaspartes, y en torno a dichos portales se alzaban enormes ciudades y fortalezas, pues guardaban la ruta más grande y estable entre los Ocho Reinos. Así comenzaron las Guerras del Nexo, y el destino mismo contuvo la respiración expectante ante su resultado.

Sirviéndose de numerosas fintas y marchas forzadas, Archaon ejecutó su cuidadoso plan para poner en jaque los ocho pórticos de Todaspartes simultáneamente. Cada uno de los reinos conoció una serie de sangrientas batallas, con las fuerzas del Caos atravesando ciudades amuralladas y grandes defensas. Los guerreros y dioses de la alianza de Sigmar acudieron en su auxilio.

Aquellas batallas fueron arduas y largas, y ambos bandos conocieron grandes gestas y amargas derrotas. Era una guerra de leyendas, en la que dioses de carne y hueso acudían a la batalla para ayudar a sus vástagos y acólitos.     

La Guerra entre el Cielo y el Inframundo Editar


En un determinado punto de la Guerras del Nexo, Sigmar envió desde Azyr una enorme hueste a combatir junto a las fuerzas de Nagash en la defensa del Arco de Syish, el Portal que conectaba este reino con Todaspartes. La batalla contra las fuerzas de Archaon fue feroz, pero en mitad de la contienda las fuerzas de Nagash atacaron sin previo aviso a las fuerzas de Sigmar.

Gorkamorka había vapuleado la alianza de Sigmar, Tyrion la había dejado en un segundo plano, Malerion la había trastocado activamente y Alarielle casi la había olvidado. Cuando las fuerzas de la Muerte se volvieron contra el ejército de Sigmar, fue demasiado para él. Quizás el puente entre reinos podría haber sido defendido, pero Sigmar se marchó, furibundo por la traición de Nagash
Sigmar dejó de actuar como el Dios Rey diplomático en que se había convertido y recuperó su aspecto de dios guerrero bárbaro de antaño. Mientras las fuerzas del Caos capturaban Todaspartes y corrompían el puente, Sigmar atacaba Shyish, el Reino de Amatista. Este enfrentamiento se conoció como la Guerra entre el Cielo y el Inframundo.

Sigmar buscó al traidor por todo Shyish. Ante las puertas de cada uno de los inframundos, Sigmar vociferaba su desafío y llamaba a Nagash cobarde, tildándolo de traidor y embustero. Los emisarios del autoproclamado Dios de la Muerte fueron pulverizados antes de poder entregar sus mensajes. Las huestes enviadas en su contra no pudieron refrenar la ira justiciera de Sigmar. En otros reinos las civilizaciones ya empezaban a caer bajo la sanguinaria acometida del Caos, pero su dios protector hacía oídos sordos a las súplicas desesperadas, pues aún no había agotado su cólera.

Pese a sus muchas victorias, Sigmar no pudo hacer justicia con Nagash. En dos ocasiones acorraló al Gran Nigromante, y cruzó espadas con él, pero ambas veces Nagash se sirvió de la magia negra para huir. Mientras Sigmar machacaba a los ejércitos de los muertos, su furia se atemperó. Sus propios mensajeros, a los que había estado ignorando durante mucho tiempo, portaban peticiones urgentes de reinos asediados. Sin completar su venganza, Sigmar volvió la espalda al Reino de Amatista y se puso a la cabeza de sus ejércitos para rescatar cuanto pudiera de los saqueadores del Caos.

Cuando Sigmar regresó a la contienda contra las hordas de Archaon, Todaspartes había caído, y una marea del Caos se extendía por todas las tierras. El propio Todaspartes estaba corrupto, convertido en Ochopartes, una ruta directa hacia el Reino del Caos.

La Batalla de los Cielos Ardientes

Hacia mediados de la Era del Caos, las fuerzas de la luz sufrieron una serie de derrotas catastróficas. En una de ellas, Sigmar perdió Ghal Maraz. Enfurecido, se retiró al Reino de Azyr y mandó sellar las Puertas de Azyr. Después se recluyó en su Ciudad-Palacio y no se le vio durante siglos.

Dominio del Caos Editar

Tuvo lugar un siglo de masacres, pues incontables fuerzas malignas penetraron en los Reinos Mortales. Una punta de lanza de ((Bloodthirsters)) se adentró en la ciudad amurallada de Ulgarod, anegando sus calles con sangre. La ciudad de Chamontarg quedó indefensa frente al Pandemoniad de Tzeentch y hasta el último habitante fue transmutado en piedra. La plagapútrida exterminó las mayores civilizaciones de Ghyran. Las botas de hierro de Archaon aplastaron el último gran reino de la humanidad, el Imperio Lántico.

Imperaba la desesperación. Las tierras mismas se desmoronaban, los límites de la realidad comenzaban a fundirse con un mar de locura, un nuevo Reino del Caos. 

La Larga Espera Editar

Fuentes Editar

  • Reglamento Age of Sigmar.
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