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Las Guerras por los Portales se libraron por los accesos mágicos que unen a los Reinos Mortales, pero durante miles de años hay otro conflicto que se ha ido tejiendo en las sombras. No se trata de una batalla por los recursos ni de conquista, sino por las almas imperecederas de los vivos y los muertos.

El Señor de la No-Muerte Editar

Hace tiempo que Nagash, el Gran Nigromante, odia a los vivos. Su origen se remonta a través del atemporal vacío hasta el Mundo Pretérito, donde su afán por controlar sus áridas tierras lo condujeron a una espiral de magias oscuras y corrupciones. Durante los largos milenios de su transformación en un dios no muerto se ha visto frustrado, incluso muerto, a manos de agentes mortales. Entre ellos, Sigmar Heldenhammer.

Pero Nagash es inmortal. Se reforma en su principal fortaleza tras cada muerte, aunque tarde siglos en hacerlo. Con cada derrota, su desprecio hacia el desorden y la anarquía de los seres vivos se vuelve más pronunciado, y ahora busca nada menos que gobernar un macabro necropaisaje donde todos se postren a sus pies.

El anhelo de Nagash es que ni un solo músculo se mueva, ni un solo párpado parpadee sin que él lo mande. Éste ha sido su objetivo secreto desde tiempos inmemoriales, aunque tratándose de un ser dotado de astucia y una inmensa inteligencia jamás ha revelado el verdadero alcance de su plan. Desde los albores de la Era de los Mitos hasta los días más recientes de la Era de Sigmar ha gobernado el Reino de la Muerte, pero en realidad desea gobernar la existencia entera, porque hace tiempo que su megalomanía ha superado las fronteras impuestas por la cordura.

Muchas deidades y hombres valientes han combatido las aspiraciones de Nagash, y muchos han muerto por ello de modo espantoso. Porque el Gran Nigromante no es parte del ciclo natural de la vida, la muerte y el más allá, sino una subversión no-muerta del mismo que, con el paso del tiempo, ha adquirido un grandísimo poder. Es dios de los no-muertos, algo que inspira miedo en estado puro, y para los mortales de Shysh es tan horripilante como los mismísimos Dioses del Caos.

El Robo de Almas Editar

Nagash es un ser lleno de desprecio por todos los seres vivos, pero aquellos a quienes más desprecia son quienes osan robarle. Resta importancia a los ladrones de tumbas que van en busca de valiosas reliquias, aunque a veces le divierta enviar a los fantasmas de los propietarios originales tras los saqueadores.

El Gran Nigromante centra su amargura en quienes toman con fines propios las almas que él considera que son su diezmo: aelves, duardin, humanos, semidioses y monstruos han despertado su ira en los milenios que lleva existiendo. Ni una sola transgresión ha pasado desapercibida. Pero son las actividades de Sigmar Heldenhammer, por encima de todas las demás, las que han empujado a Nagash a afianzarse en el Reino de la Muerte, transformando Shysh en una pesadilla distópica en el nombre del poder y la venganza.

Con tal de forjar un ejército celestial y librar de nuevo la guerra contra las circundantes mareas del Caos, el Dios Rey Sigmar ha recurrido a medidas drásticas. Toma las almas de aquellos guerreros mortales que son tan valientes para desafiar a sus opresores, y les ofrece una nueva vida en Azyr. A través de un proceso arcano llamado reforja, el Dios Rey descompone sus esencias mortales y los rehace, imbuyendo en sus espíritus un poco de su poder celestial.

Quienes superan intactos este proceso, los que son lo bastante fuertes para pasar por los Túmulos de la Templanza, y lo bastante valientes para sobrevivir a su transfiguración en el Yunque del Apoteosis, se convierten en los guerreros inmortales llamados Eternos de la Tormenta. Con siglos de afanes y preparativos arcanos, las Huestormentas recién forjadas han devenido gradualmente un arma tan poderosa para rechazar a las fuerzas del Caos en más de un millar de campos de batalla.

Para crearlas, Sigmar registró todos los Reinos Mortales dode abundaba la guerra. De Shyish no sólo tomó guerreros de los pueblos de los vivos que había enviado a colonizar tiempo atrás, sino también a los espíritus vengativos de la antigüedad que habían dado la vida desafiando al Caos. Moldeó estas almas antiguas en una fuerza de combate que conformó la base de la Huestormenta Yunques de Heldenhammer, de negro, sombríos, forjados bajo una luna oscura, pero nobles sin par. Habrían de convertirse en una de las Huestormentas más aplaudidas y corajudas de Sigmar. Aunque en Shyish hay quienes consideran que los Yunques abandonaron a su pueblo en un momento crítico, aún se escuchan las canciones sobre sus hazañas en todos los inframundos de Shyish.

Éste fue el peor de todos los crímenes cometidos por Sigmar. Arrancar a un ser mortal del umbral de la muerte, salvarlo en el último momento... Nagash, acostumbrado a aprovecharse de las leyes de la mortalidad, había observado con interés cómo Sigmar recababa almas en todos los Reinos Mortales, pero, aunque cada espíritu salvado se convertía en uno que le era negado, se contentó con prestar atención y planear su venganza, pues al tomar las antiguas y heroicas almas de Shyish para crear a los Yunques del Heldenhammer, Sigmar había ido demasiado lejos y había roto una ley esencial ante los ojos sin fondo de Nagash.

Sigmar había creado un ejército en el sepulcral campo de reclutamiento a expensas de las Legiones del Gran Nigromante. Toda alma tomada en un inframundo shyishiano para convertirla en un Eterno de la Tormenta era un espectro, un hada llorona menos que de otro modo hubiese acudido a la llamada de Nagash. Era un insulto que el Gran Nigromante se había propuesto vengar con creces.

Fuentes Editar

  • Batalla de Forjaglymm. Suplemento de Age of Sigmar (Segunda Edición)
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