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El suelo tiembla con repulsa, los cielos se tornan del color de un hematoma pálido y los chillidos de espanto y éxtasis rasgan el silencio. Los Hedonites de Slaanesh, un desfile de cuchillas y cuerpos danzantes, han emprendido un nuevo viaje. Les llevará a una miríada de campos de batalla, hasta millares de placeres prohibidos, aunque siempre culminará con el tormento. Estos sibaritas corruptos pretenden llevar a todos los Reinos Mortales el exceso en su faceta más mortífera. Para ellos, la cordura es un lienzo en blanco sobre el que pintar con sangre un exquisito retablo de locura.

Los hedonitas son los fieles devotos de Slaanesh, dios de la obsesión y el exceso. En la Era de los Mitos, su deidad fue deshecha, capturada por deidades del Panteón del Orden. Los hedonitas gritaron, rechinaron los dientes y se arañaban presas del dolor. Algunos saborearon en secreto la intensidad del sentimiento provocado por la desaparición de su dios. Otros comenzaron a buscarlo, transformando la caza del Príncipe Oscuro en una forma más de exceso, un bacanal sin fin de guerras libradas a velocidades vertiginosas. Aún más continuaron conquistando y despojando en el nombre de Slaanesh, esperando que sus actos de devoción lo empoderaran lo suficiente como para liberarse de lo que sea que lo retuviera. Los caudillos más altivos intentaron ocupar su puesto y convertirse en dioses, Respaldan tal afirmación con auténtica majestuosidad; ¡ay de quienes contradigan sus deseos!

Todos los seguidores de Slaanesh creen, con una certeza febril, que los suyos se alzarán de nuevo. Predican que habrá un ajuste de cuentas, uno que verá a Slaanesh ascendiendo en el Gran Juego y remodelando los Reinos Mortales que lo mantuvieron prisionero por tanto tiempo. Tienen la intención de hacer de este deseo una realidad, incluso si para ello tienen que cortar las gargantas de todos los seres vivos y bailar sobre sus cadáveres hasta que las estrellas mismas perezcan.

Los que ansían el exceso[editar | editar código]

Los seguidores de Slaanesh pueden tomar muchas formas, pero todos se deleitan en el exceso. En tiempos de guerra, sus obsesiones alcanzan una intensidad letal y abandonan toda apariencia de cordura para sumirse en la complaciente violencia. Parecen eufóricos, pero los Hedonites de Slaanesh están malditos más allá de toda redención.

Los Hedonites de Slaanesh se regocijan ante cualquier tipo de sensación, cuanto más extremo sea el estimulo, mejor. Sus filas las forman tanto mortales como demonios, unidos por la fijación sobrenatural en sus deseos de exceso. Los Hedonites compiten entre si para realizar los actos más escandalosos en servicio a su oscura deidad, con la esperanza de que su comportamiento desenfrenado imbuya de poder a su dios y finalmente quede libre. Y por descorazonadora que sea la idea, tienen razón: si los adoradores de Slaanesh traen suficientes fechorias y violencia intencionada a los Reinos Mortales, con el tiempo devolverán a Slaanesh a su lugar en el Panteón del Caos. El Príncipe Oscuro podría entonces aprovechar su calamitoso encarcelamiento para infiltrarse y conquistar las tierras de sus carceleros, usando su desdicha en su beneficio. Si lo logra, la realidad pagará el precio y los Hedonites. remolcados por su encumbramiento, se convertirán en semidioses en un cosmos saturado de sensaciones deliciosas y prohibidas.

Moldeado en carne mortal[editar | editar código]

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Los Hedonites mortales suelen comenzar su viaje a la condenación con la simple búsqueda de emociones y sensualidad, pero pronto sus vicios y adicciones los esclavizan. Dejan atrás todo lo puro y bueno, abandonan la moral y hasta la cordura cual serpiente que muda la piel, hasta que no son más que deseo encarnado.

Aquellos que ceden regularmente a sus vicios secretos empoderan a Slaanesh sin saberlo, y se hallan al borde de su adoración lo quieran o no. El más leve susurro de un demonio de Slaanesh, surcando el éter como un beso lanzado al aire, puede empujar a ese individuo al abismo de la obsesión. Quizás una vocecilla en su alma le advierta del peligro, de que ese camino lleva a la locura, pero queda ahogada por la implacable marea de tentación que emana de Slaanesh y baña a cada mortal poseedor de la más mínima complacencia.

Una sensación extraordinaria o un capricho secreto que antes se disfrutaba sólo como recompensa o durante una celebración puede fácilmente integrarse en la rutina. A medida que la fuerza de voluntad del mortal se va erosionando, esos momentos de debilidad abundan y, cuando las garras del exceso se afianzan, son el único foco de la existencia del suplicante. La obsesión lleva al abuso y éste a la decadencia, que acaba en libertinaje. Todos los deberes mundanos y las actividades inocentes se abandonan, las posesiones materiales e incluso los seres queridos sirven de moneda de cambio para obtener el objeto de deseo.

Para entonces ya es demasiado tarde: el alma ha sido reclamada por Slaanesh irrevocablemente. Cuando el individuo corrompido abandona toda precaución y se revela como un buscador de experiencias extremas por encima de todas las cosas, puede ocurrir una oscura metamorfosis en cuerpo y alma. Su pacto tácito con Slaanesh a menudo se sella con el acero, ya que si uno mata para proteger o promover su vicio el grotesco, pasa punto sin retorno. Aquellos que cometen asesinatos en nombre de su obsesión completan su siniestra transformación en Hedonite. Su destino a partir de ese momento es unirse a una procesión de engendros y monstruos para las delicias de un dios despreocupado, hasta desplomarse rotos y olvidados a un lado del camino.

Algunos, en el acto de convertir sus deseos en el foco de su existencia, son recompensados con mutaciones y extraños poderes por su divino patrón. Estos tienden a aumentar la capacidad del devoto de sumergirse en su vicio, alentándolo a revolcarse en su propia locura en un ciclo de autosatisfacción hasta que encarnan su propia corrupción en un grado sobrenatural. A imagen de los demonios de Slaanesh, se convierten en formas perfectas para los actos de exceso de los que se alimentan, igual que las sanguijuelas de Ghyran se han adaptado para alimentarse de la sangre de aquellos que vadean sus pantanos. 

Los Hedonites tienen anatomías grotescas que adornan con ropa suntuosa y joyas deslumbrantes. Llevan elaboradas pinturas de guerra maquillaje sobre unos rasgos y tan distorsionados y retorcidos que horrorizan. Los mutantes en sus filas a menudo tienen grandes ojos parecidos a gemas, sus pupilas gigantes tan dilatadas que parecen pozos de oscuridad, devorando cada detalle. Otros tienen dos agujeros en lugar de nariz que canalizan cada olor directamente hacia el cerebro, o tienen orejas largas y puntiagudas, tan adaptadas a la caza que se contraen a los latidos del corazón de su presa. Lenguas largas y sinuosas se desprenden de labios sensuales y fauces alargadas para saborear el aire, deleitándose en el banquete del campo de batalla: una amalgama de feromonas furiosas, pólvora y el amargo olor de la sangre y el sudor. Aquellos con sentidos kinestésicos mejorados gozan del espectro completo del tacto, desde el suave cepillado de la piel mientras se lanza a través de las líneas de batalla enemigas, hasta el violento empuje de la hoja que se cobra la vida de un líder enemigo.

Complacencia encarnada[editar | editar código]

Los demonios de Slaanesh que luchan junto a los Hedonites mortales son, en cierto sentido, avatares de su dios. Todos los demonios están formados por la misma esencia espiritual que la deidad ala que sirven; uno puede vislumbrar la hermosa y repugnante naturaleza del Príncipe Oscuro al contemplar las criaturas que le sirven. Todos poseen una necesidad ardiente de bañarse en cada acto excesivo imaginable, y provocan esa misma necesidad en su presa mortal.

Los demonios de Slaanesh suelen ser de piel clara y pálida, favoreciendo las gemas, metales y sedas más caras con las que decorar sus formas, incluso con piel humana finamente curtida. La fijación por las posesiones materiales es un vicio como cualquier otro, y la vanidad (o, más bien, el narcisismo absoluto) está entre los favoritos de Slaanesh. Ambiciosos y engreídos, estos demonios hacen todo lo posible para medrar en las cortes de su divino amo, ya sea a través de palabras envenenadas, luchas internas, pactos oscuros o la búsqueda de genuina excelencia. El vector importa poco, solo el resultado, y su lugar entre los degenerados.

Múltiples brazos y apéndices son comunes en las filas de los demonios de Slaanesh, cada uno de los cuales termina en una garra afilada o pinzas que pueden atravesar la extremidad de la víctima en una explosión de sensación sangrienta. Largas colas serpenteantes estrangulan a sus víctima, su presa mitad caricia sensual, mitad garrote asesino. En gran medida, la anatomía de un demonios Hedonitas la determinan sus impulsos viciosos y lujurias insalubres, sus formas un catálogo de horrores carnosos adornados con orgullo y a la vista de todos.

Los Hedonitas y la guerra[editar | editar código]

Los Hedonites de Slaanesh saborean las sensaciones de la guerra abierta igual que el gourmet saborea la comida y los vinos. No es de extrañar, considerando las intensas experiencias que ofrece un conflicto abierto. En el campo de batalla abundan el terror extremo, el dolor agonizante, la esperanza ardiente y la sed de sangre, y los Hedonites se deleitan en cada matiz de hostilidad al ejecutar una muerte perfecta tras otra. Buscan ingerir la mayor cantidad de sensaciones que puedan, sin importar cómo caen sus golpes, solo su cantidad y resultado. A menudo luchan con varias armas a la vez, lenguas, colas y otras extremidades además de garras y cuchillos. Aquellos de mayor posición a veces conducen carros con cuchillas diseñados para desatar carnicerias a su paso.

A un devoto de Slaanesh, su obsesión particular le parece el único camino correcto hacia la gloria del Príncipe Oscuro. Ven a aquellos con otras prioridades como simples o bárbaros incapaces de apreciar los regalos de su ausente benefactor. Para aquellos que se enfrentan a los Hedonites en el campo de batalla hay poca diferencia: solo ven una cabalgata demencial que corre hacia ellos aullando y chillando con una alegría espantosa, dispuestos a matar.

Uno de los aspectos más extraños e inquietantes de los Hedonites es que, a pesar de la corrupción que exhiben y a pesar de su aura de oscura complacencia, de algún modo resultan atractivos al ojo mortal. Sus esbeltas extremidades desnudas gesticulan con languidez en el retozar y deslizarse de los demonios, como un espejismo de atracción impuro e hipnotizante. Aquellos de voluntad débil se tambalearán medio aturdidos hasta los brazos abiertos de los Hedonites, creyendo que experimentarán un placer sin igual. Sin embargo, en lugar de experimentar deleites sensuales, son despedazados o desgarrados por los monstruos que los hechizaron unos momentos antes. Para un Hedonite, los gritos provocados por tan terrible revelación son la música más dulce.

Aunque se consideran rebeldes consagrados solo la experiencia, todos los Hedonites comparten un objetivo: ver los reinos convertidos en un paraíso oscuro sin fin. A diferencia de los sirvientes de los otros Dioses del Caos, no aceptan la realidad como el único y absoluto nexo del territorio de su dios, ya que Slaanesh teme el aburrimiento y la uniformidad por encima de todo. En su lugar, pretenden engendrar un millón de formas de libertinaje y exceso, aventurándose constantemente en las profundidades de su propia depravación para goce y disfrute de su amo. Independientemente de la forma que tomarían estos nuevos purgatorios (es posible que el propio Slaanesh lo desconozca de un día para otro) tendrían una cosa en común: toda apariencia de decencia, pureza y moderación sería prohibida, un recuerdo lejano definido solo por el fracaso y la muerte inminente.

La deidad Slaanesh[editar | editar código]

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Slaanesh, el más insidioso de los dioses del Caos, encarna los designios oscuros nacidos de la obsesión. Su voluntad no se cierne aullante sobre sus víctimas, ni las manipula como una fuerza cósmica indiferente. No, en su lugar, anida en lo más profundo del alma y corrompe los corazones de los mortales hasta que, finalmente, se condenan a si mismos.

Hace mucho tiempo, cuando las culturas durmientes de las reinoesferas tomaron forma, el resplandeciente potencial de los Reinos Mortales atrajo los ojos de un dios lascivo. Esa entidad era Slaanesh, cuyo poder inconmensurable bebía de una ambrosía de almas de aelves. En el momento de la destrucción del Mundo Pretérito, Slaanesh había consumido los espíritus de esa antigua raza hasta el punto de que sólo unos pocos supervivientes escaparon a su sed. Devoró tal cantidad que casi quedó incapacitado. Don de antes hubiera saboreado cada alma pecadora que caía en sus garras, al ingerir tantos millones de esencias es pirituales a la vez su poder creció más allá de los límites de la ira de Khorne, la maquinación de Tzeentch e incluso la corpulencia cósmica de Nurgle. Sin embargo, Slaanesh anhelaba más, siempre más. Su apetito era tan vasto como el inmenso cielo estrellado.

El tiempo de la promesa[editar | editar código]

Cuando Slaanesh vio los Reinos Mortales, sintió un anhelo como nunca antes. Sus lenguas de icor sólido lamian los dedos afilados capaces de experimentar cada sensación conocida en el universo a la vez. El dios se estremeció de anticipación, impaciente por los festines que se avecinaban, proyectando cascadas de no-luz liminal a través del éter que se reflejaban en mil cielos.

Aunque estaba empachado por su apocalíptico banquete, tenía esbirros en abundancia para hacer su trabajo perverso en este nuevo cosmos de reinos y portales entrecruzados, pues toda clase de daemons de Slaanesh habían brotado a medida que su poder crecía. He aquí un nuevo comienzo, un nuevo escenario para los actos interminables del Gran Juego, representado con renovado vigor e imaginación por aquellos que caigan bajo su dominio, por siempre presas del él.

Ocho realidades giraban lentamente en el vacío, cada una vinculada a las otras por las obras de civilizaciones perdidas hace mucho tiempo: los Reinos. Representaban ocho futuros ajo para que Slaanesh corrompiera a su imagen y semejanza, ocho interminables festivales de sensaciones para de gustar, devorar, mancillar y vomitar en forma de reflejos retorcidos de lo que una vez había sido puro. Para los grandes ojos avariciosos de Slaanesh, aquí había suficiente forraje para pasar varios eones de decadencia sin caer una vez en la repetición y el aburrimiento. Juntos, los Reinos Mortales representaban una delicia más allá de toda medida.

Y así, Slaanesh emergió de su letargo digestivo para cernirse sobre lo que algún día sería suyo. Envió a sus secuaces en gloriosos carnavales de excesos, gritando y chillando movidos por su ansia contra el velo entre los mundos. Pero entonces Slaanesh habló, y ellos callaron, billones de demonios postrados o desparramados mientras sus palabras estimulaban todos los nervios, todos los sentidos, hasta el punto de la agonía extática. Su orden era que insinuaran, sedujeran, inventaran y hechizaran para provocar la corrupción de los mortales. Así comenzó la Guerra Sutil, y la desaparición de imperios enteros.

El advenimiento oscuro[editar | editar código]

Los secuaces de Slaanesh dieron caza a aquellos que serían más fácilmen ninate influenciables y, delicadamente, se adentraron en sus mentes. Sus susurros, semillas del desastre, lo encontraron terreno fértil en el que alojarse y crecer, ya que los habitantes mortales de estos nuevos reinos no eran más inmunes a la tentación, la obsesión y el exceso que la gente del Viejo Mundo.

Al principio, Slaanesh envió solo ecos de sensaciones, embriagadores aromas desconocidos y rítmicas melodías para presagiar su venida. A medida que su fascinación por los nuevos reinos creció, vertió su poder cada vez más en sus nuevos pastos. Durante un tiempo, las faltas mortales del egoísmo, el autoengaño y la ingenuidad hicieron la mayor parte del trabajo de ocultar su influencia. En el momento en que las víctimas de Slaanesh se daban cuenta de su oscuro influjo, éste había azuzado tanto sus obsesiones que lo consumían todo. Las víctimas ya no encontraban placer en las cosas simples. La risa de sus amigos y parientes, el calor de la luz del sol sobre la piel y la alegría de un refresco bien merecido al final del día no eran más emocionantes que una salpicadura de barro en su viaje a la condenación. Lentamente, pero con impulso creciente, cultos de lujuria y egoísmo florecieron a puertas cerradas.

A través de pasillos dorados y exótico libertinaje, los demonios de Slaanesh hicieron su entrada. La actividad de los cultos secretos de los niveles más altos de la sociedad, esa devoción incipiente, casi inadvertida, llegó a su punto culminante. El vicio bullía en las ciudades. Las logias secretas salieron a la luz, revelando su influencia sobre subculturas cívicas y militares por igual en estremecedores baños de sangre. Civilizaciones enteras cayeron en un vórtice de exceso homicida. La corrupción de los nuevos imperios creció hasta el punto de que incluso aquellos que no tomaron parte de ella no podían escapar. Cuando la materia del reino del Príncipe Oscuro empezó a invadir la realidad, el dios patrono de toda degradación se reveló por me dio de obras de arte retorcidas y prosa delirante. Pronto el nombre Slaanesh resonaba en cada reino. Demonios y mortales suplicante cabalgaban lado a lado, compitiendo por causar la mayor carnicería posible en nombre del siempre indulgente Príncipe Oscuro del Caos.

Así fue como nacieron los Hedonites y gran parte de los Reinos Mortales fueron reclamados por Slaanesh.

Los Vástagos de Slaanesh[editar | editar código]

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Aquellos que rezan en el altar del exceso son de las más diversas procedencias, desde chamanes primitivos y caudillos de tribus sedientas de sangre, a los sibaritas más ricos de las nuevas ciudades. La entrega desenfrenada a los deseos primarios atrae tanto a culturas bárbaras como civilizadas. Músicos, pintores, poetas y bailarines pueden ser seducidos por el deseo de perfeccionar sus habilidades.

Al hacerlo y dar la espalda a todo lo demás, incluso a su propia humanidad, encuentran a Slaanesh. Las filas de estos industriosos pecadores están repletas de almas perdidas adictas a ciertas sustancias y actos malsanos: aquellos que proporcionan una satis facción momentánea, pero que cada vez exigen un mayor libertinaje para encontrar la verdadera satisfacción. Los hay que, aunque mantenían sus dobles vidas cuidadosamente ocultas, al llegar al punto de no retorno olvidan el tedioso secretismo y se entregan a la celebración alegre y abierta de sus vicios. Aquellos que se creen intachables, o que gobiernan con autoridad absoluta, también gravitan hacia Slaanesh, porque lo único que un verdadero tirano respeta es un tirano aún mayor con el poder de destituirlo.

La verdad inevitable[editar | editar código]

Aunque Slaanesh es posiblemente el más joven de los dioses del Caos, una vez fue el más poderoso, y lo será nuevamente. Ha aprendido a prosperar al ser subestimado, utilizando el previsible desprecio de Khorne, el generoso sentimentalismo de Nurgle, la falsía de la Rata Cornuda y la complejidad contraproducente de Tzeentch para su ventaja. En sus momentos más paranoicos, sus hermanos han visto las conquistas de Slaanesh con gran inquietud. Temen secretamente que sus propias obsesio nes empoderen a su hermano, ya que en su nivel más simple y profundo, los Dioses Oscuros son la encarnación de ideales, mentalidades y emociones que todo lo consumen. Es perpetuo el temor de que el Príncipe Oscuro surgirá de las llamas de su cautiverio como un ave fénix pecaminoso para eclipsar a todos en el poder, o peor aún, asimilarlos, haciendo que sus excesos y obsesiones sean parte de los suyos y anexionando sus territorio a su reino soberano.

Cada uno de los Dioses del Caos se lo niega, pero en las noches más oscuras del alma inmortal destellos de duda iluminan incluso sus negros corazones. Y con esa pequeña concesión a su supremacía instalada en las mentes de sus dioses rivales, el viaje de Slaanesh hacia la conquista definitiva ya ha comenzado.

Capturar a un Dios[editar | editar código]

En el poder absoluto hay debilidad así como en la humildad hay fuerza. El plan maestro de los dioses aelves, cuya gente tanto había sufrido, era volver el hambre insaciable de Slaanesh en su contra y, con ello, confinar al Príncipe Oscuro a una prisión crepuscular que creían insalvable. La verdad, por supuesto, era más compleja.

Una vez el Dios Rey Sigmar creyó que Slaanesh había consumido toda la raza de los aelves junto con sus dioses ancestrales. Durante el cataclismo apocalíptico que terminó con el Mundo Pretérito, la raza de los aelves se redujo a una pequeña fracción de su majestad anterior. Si sus imperios alguna vez fueron vastos paraísos dorados, después de la desolación sólo quedaba un trozo de hierba abrasada. La otrora opulenta raza nunca seria la misma, reducida a un recuerdo andrajoso de su antigua grandeza.

Pero parte de su pueblo encontró cobijo por obra y gracia de su antiguo panteón. Escaparon del destino que les esperaba en la garganta de Slaanesh y llegaron a las reinoesferas intactos. Mediante encantamientos, milagros y hechicería, estos aelves se abrieron camino hacia los Reinos Mortales sin que sus espíritus sufrieran cambio alguno. Estos decididos supervivientes se mantuvieron en los lugares ocultos de los reinos, alejados de las miradas indiscretas de aquellos que consideraban seres menores y trasmitiendo a sus hijos los valores, prácticas y cultura de su mundo perdido. Es posible que nun ca se hubieran unido a las grandes civilizaciones de la nueva era de no ser por Sigmar y su unificación de las deidades de humanos, duardin y aelves en una sola causa.

Hubo cuatro nobles aelves que alcanzaron la divinidad en el fin del Mundo Pretérito: Alarielle, Lord Tyrion y su hermano Teclis, y el Rey Malerion. Unidos intrínsecamente a las fuerzas elementales que antaño gobernaron, eran uno con la magia. El Fin de los Tiempos no los destruyó, sino que les procuró una nueva existencia como dioses y los deposito en Ghyran, Hysh y Ulgu respectiva mente. La ambición de Sigmar era unir a estas deidades en un Panteón del Orden: una coalición divina con suficiente poder para moldear los reinos para el bien de todos. Con este cuerpo de gobierno deifico, tenía la intención de administrar los ocho Reinos Mortales y luchar contra el flagelo del Caos en caso de que volviera a surgir. Esa previsión no era infundada, ya que dondequiera que las razas mortales sienten una emoción intensa, el flagelo del Caos nunca se queda atrás.

Durante un tiempo, los dioses aelves trabajaron con Sigmar para introducir la civilización en los Reinos Mortales. Slaanesh, el que fuera considerado la perdición de la raza de los aelves debido a su tendencia innata a rendirse a la obsesión, estaba tan empachado, tan ebrio por la ambrosía de las almas, que los dioses podían trabajar abiertamente sin te mor a ser consumidos. Sin embargo, la tregua no duró. Cuando los agentes demoníacos del Príncipe Oscuro empezaron a erosionar la pureza y la santidad de la nueva era, los dioses aelves unieron sus fuerzas para la guerra que sabían que vendría.

Alarielle se limitaba a sus propias defensas. Como se había unido a los Reinos de Jade de Ghyran y había asumido el papel de matriarca para vigilar mejor los ciclos naturales de todos los seres vivos, no podía abandonarlos. Sus adláteres, sin embargo, hicieron un pacto solemne para derrocar al dios que había devorado a su raza. Se reunieron con sus confidentes más cercanos: Tyrion, el Señor de la Luminación, consultó con su hermano Teclis, mientras que Malerion, el Rey de la Sombra, acudió a su madre, la semidiosa Morathi. Los cuatro se reunieron en secreto y se prepararon para una gran ofensiva que vería a los supervivientes aelves a salvo de las depredaciones de Slaanesh, o condenaría a su raza al olvido para siempre.

La trampa paradójica[editar | editar código]

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Dice mucho de la confianza vana, algunos la llamarían arrogancia, de los dioses aelves que pusieran en marcha un plan de escala y ambición cósmicas. En él se ofrecieron como cebo, ya que Slaanesh no podría resistir el rico alimento del alma de las poderosas deidades, ni el acto de conquista que consumirlas representaría. Devorar a tan poderosos seres cimentaría la posición de Slaanesh a la cabeza del Gran Juego. Y así, el Príncipe Oscuro abandonó su guarida y serpenteó por el vacío guiado por el rastro del aroma de dioses que había despertado su deseo devorador.

Slaanesh encontró a su presa en Uhl-Gysh, el Crepúsculo Oculto, un subreino crepuscular suspendido entre los reinos de sombra y luz. Los dioses aelves se habían preparado largamente para su llegada, y juntos tejieron ataduras arcanas de energía mágica, las redes de la energía más oscura de Ulgu creadas en perfecto contrapunto a redes aritmánticas de luz de Hysh. Cada aspecto de la tram pa hechicera fue una obra de genio que sólo las deidades con una com prensión consumada de la naturaleza de la magia podrían haber ideado. Matar a Slaanesh con la magia de los reinos era una hazaña que incluso los dioses aelves consideraban imposible pero la red tejida de sombra y luz representaba un peligro desconocido del que ni siquiera Slaanesh, un Dios del Caos y por lo tanto uno de los mayores poderes del universo, había pensado protegerse.

Con la culminación de un ritual de sesenta y seis años, Slaanesh fue atraído y atado por una paradoja con los grilletes aelves del crepúsculo sostenidos en perfecto equilibrio entre la luz y la oscuridad. Se vio atraído, encadenado y encarcelado entre obeliscos flotantes inscritos con frases de runas aelves. Su esencia quedó atrapada aullando en paroxismos de ira y éxtasis, tan indignada por la temeridad de los dioses recién nacidos como disgustada por su propia incapacidad para comprender la trampa.

Durante un tiempo, la trampa cosmica fue un éxito. Slaanesh perdió el contacto con la sede de su poder en el Reino del Caos y rápidamente cayó en desgracia. Las llamas lilas sempiternas en sus sienes, cuyas lenguas lamian tanto el placer como el dolor, parpadearon y se apagaron. Aunque los devotos de Slaanesh continuaron conquistando reino tras reino en los Reinos Mortales, aunque los líderes del credo Hedonite aún observaban los elogios y entregaban ofrendas de sacrificio a su dios, sus oraciones no obtenían respuesta. Los demonios de Slaanesh que se habían abierto paso a los Reinos Mortales perdieron corporeidad y su conexión con su creador divino se redujo a un hilo. Ya no estaban unidos por su voluntad, y se vieron acosados por las debilidades de la división y la lucha, tanto interna como externa. Desde las vertiginosas alturas de su victoria, Slaanesh había sido derrotado en el altar de su propia codicia.

El rescate comienza[editar | editar código]

El verdadero precio del error de Slaanesh se hizo patente cuando las cadenas que lo ataban demostraron no ser simples ligaduras, sino también anzuelos.

Aquellos cables mágicos, hincados en el mismísimo corazón de la esencia del Principe Oscuro, habían sido diseñados como un ingenioso ins trumento mediante el cual Tyrion, Teclis, Malerion y Morathi podrían extraer a su estirpe perdida de lo más hondo de su enemigo.

Cuando quedó claro que Slaanesh no podía escapar de sus límites, las cadenas etéricas fueron manipuladas con ritos y rituales, y se emplearon con cuidado para extraer los restos medio digeridos de las almas aelves que se mantenían en el limbo infernal dentro del Príncipe Oscuro. Este fue el logro culminante de la gran empresa de los dioses y, aunque algunas de esas almas recuperadas dolorosa mente estaban demasiado corrompi das o alteradas para salvarlas, otras fueron reconstruidas con éxito. Este esfuerzo propició en nacimiento de las razas Scáthborn e Idoneth.

Los dioses se dijeron que estaban recuperando lo que era legítimamen te suyo, liberando a sus hermanos del terrible destino que les había sucedido. Pero a medida que pasaba el tiempo, fue evidente que tan terrible experiencia habían cambiado las almas rescatadas, por dentro y por fuera. Las razas de luz y sombra que las propias deidades habían imagina do llevaban el trauma de su desgracia tan profundamente que nunca podrían ser verdaderamente curadas. La victoria de Slaanesh sobre los aelves viviría en ellos para siempre.

Los tres caminos[editar | editar código]

Desde la desaparición de su dios muchos de los Hedonitas han recorrido todos los Reinos mortales en innumerables guerras. Cada uno de estos grupos tiene su propia visión sobre el destino del Príncipe oscuro y cual es su papel dentro del gran juego. Hasta ahora existen tres corrientes mayoritarias en las que se pueden clasificar los distintos adoradores, tanto demoniacos como mortales. Estas son:

Un Dios encadenado[editar | editar código]

Slaanesh ha tenido muchos siglos para mortificarse por las iniquidades de su reclusión. En ese tiempo ha intentado no sólo liberarse, sino volver la magia vinculante de su celda contra sus carceleros y, al hacerlo, reclamar dos de los ocho Reinos Mortales para sí. Últimamente, ha hecho grandes progresos…

Durante siglos, Slaanesh ha languidecido en el subreino del crepúsculo de Uhl-Gysh. Durante la última parte de la Era del Caos, sus hermanos en las tinieblas consolidaron su control sobre la realidad hasta el punto en que casi la reclamaron por completo. Mientras tanto, Slaanesh fue incapaz de sacar provecho de la ausencia de Sigmar y la destrucción del Panteón del Orden. Atrapado entre reinos en los que sus adoradores Hedonites no podían encontrarlo, sus emociones se inflamaron desde la amarga ira a la alegría masoquista, desde la contemplación depravada a la rugiente belicosidad.

Slaanesh forcejeó contra las cadenas que habían horadado a través de su esencia, sintiendo cada alma extraída por las artes de Tyrion y Teclis como una hebra tirante de su esencia. La sensación de vacío era indescriptible. A un nivel físico era cien veces peor que la agonía que un hombre mortal pudiera sentir si le sacaran uno de los intestinos. A nivel espiritual, era semejante a la muerte de un hijo querido. El proceso fue repetido una y otra vez. Los dioses aelves reunieron a su gente una vez más, alterados en cuerpo y alma, y a veces insalvables, pero no obstante libres de Slaanesh.

Desde los pozos de la desesperación[editar | editar código]

Ningún otro ser, ni siquiera otro dios, podría haber soportado ese largo sufrimiento sin perder la cordura y descomponerse. Pero Slaanesh estaba definido por su capacidad para prosperar en la intensidad, para hallar satisfacción en la angustia e iluminación en los tiempos más desesperados. Tras las primeras décadas de gozar de un dolor que lo torturaba, empezó a separar una parte de su mente, a buscar un escape de su confinamiento. Buscó cómo tornar en ventajosa su situación. Quizá esta, la mayor de las caidas en desgracia, pudiera transformarse en el alzamiento a un nuevo nivel de poder, pues al morar en el territorio más secreto de los aelves había obtenido una nueva entrada a sus mundos. Si podía superar sus encantamientos más poderosos, no tendrían oportunidad de escapar de su influencia. Mientras su plan ha tomaba forma, el aspecto físico de Slaanesh, había sido reducido que a una nebulosa turbulenta, emitió una brillante descarga. Aún existía una oportunidad, aunque pequeña, de que a partir de la derrota pudiera hallar la victoria.

Durante los siguientes siglos, Slaanesh, aunque estaba muy ligado por la hechicería como para valerse de poco más que una pizca de su poder, se apareció en sueños a sus Hedonitas favoritos, otorgó visiones a sus hechiceros y liberó a muchos de los mortales a los que habían enloquecido en los seis círculos para que trajeran ruina a la realidad en su nombre. El contacto que hizo fue siempre breve, y aquellos a los que alcanzó se guardaron tal conocimiento para que sólo ellos pudieran aprovecharlo.

Aun así, Slaanesh puso en acción cien maquinaciones que lo acercarían a la libertad. En sus visitaciones espirituales, echó un vistazo a las mentes de los eruditos que lo investigaban en Hysh y Ulgu. Creyendo que la némesis de sus antepasados era un peligro superado, habían dejado que su curiosidad floreciera mientras contemplaban el abismo. Y desde la prisión del vacío, Slaanesh les devolvió la mirada.

Las cadenas clavadas en el Príncipe del Caos, elaboradas a partir de una fusión de magia de sombra y de luz, no tenían forma física real, pues, ¿Qué grillete material podría soportar la fuerza de un dios iracundo? Estaban hechas de magia pura tomada de las fronteras de sus reinos respectivos. Habían sido ideadas por las artes herméticas del archimago divino Teclis, fortalecidas por las verdades inmutables de Tyrion, y templadas por los poderes umbrales de Malerion y Morathi. No había ni un solo aspecto microcósmico en ellas que resonase con algún tipo de Caos, pues los dioses aelves sabían que incluso una mota de magia oscura podría darle a Slaanesh el recurso que necesitaba para romperlas. Pero aunque eran mágicas por naturaleza, aún obedecían una serie de reglas... y Slaanesh era experto en retorcer las leyes para transformarlas en anarquía y desorden. Con suficiente fuerza contra-mágica esgrimida contra las cadenas divinas, estas podrían deshacerse.

Slaanesh llevaba tiempo sospechando que había un punto débil en las cadenas, tal es la naturaleza de las cosas. En algún punto habría un defecto en la construcción que permitiría que penetrase la entropía. Pero la nube de distracciones y sombras que envolvía las cadenas, aportación de Malerion que conformaba la prisión de Slaanesh tanto como las propias cadenas, se había forjado para evitar que este descubriera sus secretos.

Las verdades sobre la creación de las cadenas estaban tan bien escondidas como el nombre verdadero de un demonio. Pero aún había esperanza, si no de la mano de Slaanesh, de la de uno de sus avatares que rondaba los reinos. Los demonio mayores de Slaanesh, personificaciones todos de su amo divino, son expertos en descubrir los secretos que sus presas tratan de ocultar.

Eslabones debilitados[editar | editar código]

Por toda la realidad, los señores de n guerra favorecidos por Slaanesh encontraron nuevas energías en las pistas y visiones que su dios les confiaba. Sus más fieles Keepers of Secrets continuaron con su búsqueda, pues habían detectado el aroma de magia. No atacaron a los dioses aelves, sino que fueron tras presas menores. Los dioses aelves habían utilizado a sus acólitos para que les ayudaran a construir y mantener los obeliscos rituales del Crepúsculo Oculto, y habían confiado a los magos aelves más talentosos la tarea de vigilar la prisión de Slaanesh. Como custodios de Uhl-Gysh, estos magos también se ocupaban del mantenimiento de las cadenas que sus amos habían forjado.

Eran magos poderosos, pero también mortales, y a pesar de las protecciones y hechizos de santidad tejidos a su alrededor, no soportaban la presencia de un Dios del Caos mucho tiempo sin enloquecer. Cumplían con sus deberes tanto como podían y luego eran reemplazados por otros guardianes, tras lo cual los primeros retornaban a Ulgu o a Hysh para recuperarse antes de su siguiente temporada en el reino del crepúsculo. Era cuando estos custodios hechiceros abandonaban sus puestos y reentraban en los Reinos Mortales que se volvían vulnerables.

En el pasado se habían sumido varias regiones de Hysh bajo la influencia de Slaanesh, y los Keepers of Secrets aún vagabundeaban por los desiertos y llanuras. Por Ulgu, tierra de sombras y mentiras, habían merodeado quienes habían buscado a Slaanesh durante tiempos inmemoriales. Al aislar a los videntes mortales de sus camaradas y asediar a distancia sus mentes, los demonios mayores descubrieron lo que los videntes trataban de ocultar con más ahínco. En el mero acto de preocuparse por cómo mantener a salvo esos secretos de la mejor manera, en el acto de obsesionarse con su deber, se expusieron a las artimañas de Slaanesh.

Uno a uno, los demonios mayores enviados a recabar los secretos de los magos aelves obtuvieron el cono cimiento que necesitaban. Cuando los videntes arcanos manipulados por ellos se dieron cuenta del error cometido, se sintieron obligados a mantener su falta en secreto, quizá mediante algún hechizo sutil de Slaanesh o porque temían la ira de sus dioses, sobre todo la del vengativo Malerion y la maníaca Morathi. Si una cadena peligraba, se dijeron los magos, las otras mantendrían al dios sujeto. Nadie pensó demasiado en el hecho de que un día podrían ser los responsables de desatar de nuevo sobre los reinos a la antigua némesis de su raza.

A través del ardid de sus demonios, el Príncipe Oscuro descubrió más y más sobre la verdadera naturaleza de sus cadenas. Cada una de ellas podía ser deshecha, al menos en teoría, pues está en la naturaleza de la hechicería todos los esfuerzos que mágicos puedan ser deshechos con la contramedida adecuada. Aunque los dioses aelves no podían rebatir estar ley inmutable, habían creado cada una las cadenas divinas de tal manera que habría sido casi imposible realizar el acto que las desarmarían. Sólo la mayor de las paradojas podría deshacerlas, pues al ser al tiempo sombra y luz, las cadenas estaban hechas de pura contradicción. Slaanesh contaba con el tiempo de su lado, y con millones de Hedonitas en los Reinos Mortales desesperados por obedecer sus órdenes. Por primera vez en siglos, Slaanesh sintió aflorar un destello de su antigua naturaleza presuntuosa.

Odio puro[editar | editar código]

Khorne Vs Slaanesh.jpg

Con el paso de los años, los esbirros de Slaanesh reunieron las piezas que componían el acertijo cósmico. A través del demonio mayor Glittus, Slaanesh descubrió que la Cadena de Odio Puro sólo podía deshacerse por quien más odiase a Slaanesh. Los dioses aelves habían razonado que sin duda uno de ellos podía reclamar tal título, pues casi toda su raza al completo había sido devorada por su enemigo ancestral y su rabia ardía con fiereza. Pero había alguien cuyo odio hacia el Príncipe Oscuro se mantenía a través de eones: el Dios de la Sangre.

Khorne nunca habría ayudado a Slaanesh voluntariamente, pues hacía tiempo que eran enemigos irreconciliables y, dadas sus posturas contrarias, Slaanesh no se habría planteado acudir a él. Pero el Príncipe Oscuro había reflexionado largo y tendido sobre los secretos de la cadena. Le envió una visión a su mayor Infernal Enrapturess, Allegaria Sen'sathra, ordenándole que robase el hacha daemónica Eigngrom, para así hilvanar una melodía a través del Gran Juego que Khorne no pudiera ignorar. Encolerizado, el Dios de la Sangre envió a través del tiempo y el espacio a su perro de tres cabezas, Karanak, para destruir a la Daemonette y recuperar el hacha. Ambos rivales se dieron caza en una alegre danza de persecución y huida a través de los reinos. Mientras tanto, en las profundidades del Crepúsculo Oculto, Slaanesh se preparó para el momento de la verdad, retorciéndose como un contorsionista hasta que la Cadena de Odio Puro estuvo enroscada a su alrededor.

Cuando la caza llegó a su conclusión en lo alto de los Picos Apretados de Aqshy, la Enrapturess Sen'sathra probó ser la más astuta de los dos Heraldos daemónicos. Karanak fue asesinado en el duelo y Khorne se enfureció sin medida. La explosión de rabia volcánica del Dios de la Sangre resonó por todo el cosmos. Fue tan potente que despertó a miles de millones mortales dormidos bañados en un frío sudor de terror. Khorne sabia que Slaanesh estaba detrás de la destrucción de Karanak, y por tanto su arrebato de ira se dirigió directamente hacia el Príncipe Oscuro. La oleada sónica que llegó a Uhl-Gysh sacudió los obeliscos rúnicos como boyas en un mar tormentoso... e hizo saltar la cadena enroscada en torno a Slaanesh en un millón de esquirlas.

En un parpadeo, el Príncipe Oscuro creó una ilusión de expectación y deseo para reemplazar la cadena rota. Fue una jugada arriesgada, pero en ese momento sus captores se habían vuelto hacia sus propios dominios en la guerra contra los otros Dioses del Caos. La deidad encarcelada conocía bien el arte de la discreción, y su ilusión fue potente que engaño incluso a Malerion, el maestro de las mentiras, y al visionario Teclis, cuya mente no podía estar en todas partes.

La peor de las traiciones[editar | editar código]

El siguiente grillete que Slaanesh trató de romper se llamaba la Cadena de la Traición Máxima. Sólo podría romperse mediante un acto de disonancia extrema: es decir, la masacre de miles de almas inmaculadas por sus propios honestos protectores. Se trataba de un acto tan contradictorio que el panteón aelf lo consideraba del todo inverosímil, pero para el retorcido Slaanesh era un desafío más.

Años después de que la Tempestad de Sigmar descargase sobre los reinos, las avanzadillas del Dios Rey en los Reinos Mortales se habían convertido en zonas fortificadas, des pués en pueblos y luego en ciudades prósperas. A medida que estos faros de civilización crecían y se hacían más poderosos, surgió una nueva jerarquía. Nociones de nobleza y privilegio importadas de Azyr se fusionaron con la industria, el comercio y una pizca de capitalismo, y aunque el nuevo orden fue mayormente exitoso y se autoperpetuaba, en algunos sitios los ricos se enriquecieron y los pobres pagaron el precio. Murmullos de descontento se convirtieron en reuniones encubiertas y planes secretos, y florecieron rivalidades e intrigas en cada estrato social y entre todas las razas. Era en este ruedo donde Slaanesh más destacaba.

En ciudad cráter de Vindicarum, los actos de los Celestial Vindicators inspiraron a varias centenas de criminales a corregirse y, a otros, a mejorar el disimulo de sus acti vidades perversas. A medida que Vindicarum se convertía en una ciudad atemorizada de sus propios protectores, y mientras su gente buscaba existencias más humildes para probar su propia virtud mona cal, se alzó una contracultura y el culto de lujo oculto conocido como el Gozo sedoso se extendió en todas direcciones. En Hammerhal Aqsha, el hechicero Redomir cooperó con reyes mercaderes, alquimistas y adoradores del Caos para socavar el distrito de Cinderfall y causar el resurgir de la adoración a Slaanesh a ambos lados del Portal del Reino de Grieta de Tormenta. En la Ciudad de los Prismas de Hush, fortaleza montañosa de magos geománticos, la rivalidad entre los jóvenes aspirantes se enrareció, y los susurros de los demonios de Slaanesh los empujaron a buscar la victoria sobre los demás.

Los cultos del Caos que se extendieron en las sombras de la civilización no eran sólo cosa de Slaanesh. En los surburbios de Excelsis, la ciudad portuaria llena de torres en la Costa de los Colmillos, las maquinaciones de Tzeentch fomentaron la rebe lión contra los Knight Excelsior y la guardia de la ciudad. Cultos que adoraban a Nurgle brotaron en la oscuridad en las ciudades de Invidia y Verdia, pues los realmente enfermos buscan cualquier cura antes que enfrentarse a otro día de dolor.

Slaanesh alimentó las llamas de estos cultos, allanando el camino para su expansión mediante susurros, sueños y seducciones, y también se aseguró de que todas llegasen a un punto crítico al mismo tiempo. En un evento que afectaba a varios reinos y que sería conocido como la Revuelta condenada, docenas de cultistas del Caos, sobre todo de Slaanesh pero también de Tzeentch y Nurgle, se alzaron en pleno dominio de Sigmar. Allí se enfrentaron, tal y como el Príncipe Oscuro sabía que ocurriría, contra las medidas extremas tomadas por los mismos Stormcast Eternals cuyo deber era protegerlos.

Durante la infame Purga de Vindicarum, los Celestial Vindicators ajusticiaron a tres cuartos de la población creyendo que era el único modo de eliminar a los cultos del Caos habían infectado que la ciudad. Pasaron por la espada a todo ciudadano con una brizna de corrupción u odio en su corazón, tal y como Sigmar había hecho en Azyrheim en el pasado.

Al mismo tiempo, la Batalla de Excelsis fue el escenario en el que los Knights Excelsior asesinaron a todo ciudadano que se había alzado en su contra, sin importar la razón. En Hammerhal Aqsha, las investigaciones de los Hammers of Sigmar, que habían empezado con un solo Lord-Castellant, escalaron hasta una guerra abierta en las calles entre aquellos bajo el influjo de Slaanesh y los guerreros dorados de la Fortormenta de la ciudad. En su justa ira, en su fervor por destruir el Caos allá donde hubiera germinado, los Stormcast Eternals fueron demasiado lejos y sus espadas tomaron vidas que nunca deberían haberse perdido.

Los alaridos de quienes eran asesinados injustamente por sus propios protectores resonaban en el vacío, debilitando la cadena que Slaanesh había mantenido en tensión hasta que, al llegar la carnicería a su clímax, se convirtió en polvo. Otra ilusión brotó en su lugar para ocultar su disolución, y el Príncipe Oscuro sonrió mientras volvía a la quietud.

La cadena de ley Cósmica[editar | editar código]

Cuando el necroseísmo shyshiano creado por Nagash estalló en todo el cosmos, sus sinuosas ondas de energía sacudieron los cimientos de todos los Reinos Mortales, subreinos y satélites en el vacío. Una de las cadenas de la prisión de Slaanesh, atada a la ley cósmica de las propias esferas del reino, fue destruida en un solo instante, pues la implosión de Shyish fue un evento de tal magnitud que reordenó las leyes de la realidad de todos los reinos a la vez. La habilidad de Slaanesh de reemplazar las cadenas que ya no lo sostenían con copias ilusorias era tal que sacó provecho de inmediato. Otro grillete se había roto y el Principe Oscuro se encontraba más cerca de su escapatoria.

Si la prisión no hubiera estado ya debilitada por los esfuerzos de Slaanesh, quizá el necroseísmo no habría dañado los grilletes de Uhl-Gysh. Aparte de destruir la Cadena de Ley Cósmica, el tejido de distracciones que rodeaba cada eslabón se vio sacudido. Fabricado a partir de la piedra del reino de Ulgu, que parecía una telaraña, había sido atado hábilmente por las artes de Malerion, y el que no quedase completamente disperso por el cataclismo mortal fue un testamento a su habilidad. Sin embargo, Slaanesh captó el daño en el recubrimiento de mentiras de cada eslabón. Descubrió los secretos de las docenas de cadenas quedado dañadas por que habían el desarme de sus tejidos y los memorizó mientras los talentosos magos aelves que actuaban como sus carceleros reparaban su integridad mágica.

Aunque sólo una parte de las sesenta y seis cadenas que ataban a Slaanesh se hubieran roto, el Principe Oscuro había reunido el conocimiento que necesitaba para romper docenas. Además, su fuerza crecía. El vacío que había sentido después de que le hubieran arrancado las almas aelves de su esencia gestaba un hambre mortifera y cataclismica. No sólo eso, sino que su credo se expandía a través de los sórdidos bajos fondos de civilizaciones por todos los reinos.

Llegaría un punto en el que Slaanesh sería lo suficientemente fuerte y estaría lo bastante hambriento como para destruir las ataduras que lo sujetaban; no mediante la astucia, sino mediante puro poder. En ese día, su plan consistía en verterse hacia Ulgu y Hysh a través de los mismos conductos mágicos que habían sostenido, ahogando sus lo tierras en un cataclismo de excesos. Reclamaría estos reinos como extensiones de su dominio soberano y, con una cuarta parte de los Reinos Mortales bajo su control, forzaría de una vez por todas su victoria en el Gran Juego.

Las huestes de Slaanesh[editar | editar código]

Ya sean demonios o mortales, los retorcidos guerreros de las huestes hedonitas están unidos en su constante búsqueda de sensaciones. Algunos consideran que su causa es santa, sagrada o de alguna manera justificada, porque el autoengaño es una forma de arte entre sus filas. Para un forastero, no son más que una maldición infernal y despreciable sobre los Reinos Mortales.

Heraldos de Slaanesh[editar | editar código]

Hedonites.jpg

Muchos heraldos entre los hedonitas están dirigidos por las Daemonettes favoritas conocidas como Heraldos de Slaanesh. Estas criaturas varían enormemente en forma y deber, desde guerreros-bailarines solitarios hasta custodios celosos que llevan poderosos artefactos de Slaaneshi a la guerra. Aquellos que se elevan a las alturas del mando traen una variedad de muertes fascinantes a sus enemigos.

Los más cercanos en la consideración de Slaanesh suelen pertenecer a las filas de sus Heraldos. De todos sus sirvientes, estos son los más hábiles. Tienen un fuerte gusto por la violencia, al igual que todos los fieles del Príncipe Oscuro, aunque no es tan absorbente como el de los Keepers of Secrets. En cambio, los Heraldos de Slaanesh se centran en la miríada de otros caminos hacia la condenación. En muchos sentidos, actúan como musas oscuras, inspirando a aquellos a los que se aferran, no para crear obras de gran logro musical o artístico, sino para descender a una espiral de obsesión e inhumanidad hasta llegar a un lugar del que nunca podrán escapar. Con promesas de gloria y cumplimiento, un Heraldo convierte las aspiraciones y ambiciones de su presa en narcisismo, paranoia y locura, atrayendo a la víctima hacia el camino indulgente hacia la autodestrucción y la promoción de los deseos del Príncipe Oscuro. Cada Heraldo cumple cien funciones más al servicio de Slaanesh, aunque todas conducen en última instancia al mismo fin: la corrupción de la realidad y la reconstrucción de los Reinos Mortales a la imagen del Príncipe Oscuro.

Aunque se ha quedado en el camino desde el encarcelamiento de Slaanesh, una vez hubo una jerarquía fluida que gobernaba a los Heraldos de Slaanesh, una forma para que los Hedonitas pudieran decir quién estaba en alto favor y quién fue rechazado hasta el punto del exilio. Cuanto más privilegiada era una Daemonette, más empoderaban y complacían al Príncipe Oscuro, más cerca de su trono se les permitía acercarse cada vez que se sentaba en el estado. A los más favorecidos de entre ellos, los que suelen ser los más rápidos de ingenio, los más elegantes y los más letales de sus demonios menores, incluso se les permitió subir al estrado de Slaanesh para alimentarlo con dulces y acariciar su cuerpo con sus garras de púas. A estas criaturas depravadas, Slaanesh les confió sus maquinaciones más sutiles, ya que sus demonios mayores se crean principalmente para la violencia excesiva, en lugar del toque delicado que suelen requerir las estratagemas del Príncipe Oscuro.

Desde la trampa de Slaanesh dentro de Uhl-Gysh, la inconstante pero innegable lógica de su favoritismo ha caído en un frenesí anárquico de desorden, calumnias y conjeturas. Los Heraldos de Slaanesh anhelan tanto a su dios ausente que el dolor de un alma gemela despreciada o de un cónyuge en duelo no es más que un charco junto al océano de su angustia. Sin embargo, todavía se esfuerzan por hacer el trabajo oscuro para el que fueron creados, con la esperanza de complacer a su maestro, dondequiera que esté. Estos sibaritas, una vez favorecidos, recorren los caminos de la guerra sin la presencia tranquilizadora de su dios, y descargan su amargura y decepción en los mortales que no saben nada de la verdadera agonía. Todos los actos y esperanzas de los Heraldos están dirigidos hacia el día en que puedan reunirse con su patrón en una gloria extática, un destino que saben que llegará con el tiempo, porque ¿Quién podría encerrar a su poderoso dios por mucho tiempo, si no quisiera que así fuera? Slaanesh permanece, de eso se sabe mucho, porque si se hubiera disipado por completo, ellos también se habrían ido al olvido final, y un día regresará a ellos con júbilo y doblegará la realidad a su voluntad de una vez por todas.

Los carros del Deseo Cruel[editar | editar código]

Las máquinas de guerra con ruedas de cuchillas montadas en la batalla por Daemonettes y Bladebringer son tanto armas como medios de transporte. Desde los elegantes Seeker Chariots hasta los Hellflayers de múltiples hojas y los masivos artilugios que trituran el alma conocidos como Exalted Chariots, son rápidos, elegantes y mortales.

Cada uno de los carros que viajan a la vanguardia de las huestes Hedonitas es delgado pero ingenioso en su construcción, su elegante marco de metal lo suficientemente liviano como para alcanzar velocidades letales y realizar maniobras atrevidas. Al mismo tiempo, es lo suficientemente robusto como para atravesar las filas enemigas en una explosión de sangre. Las bestias demoníacas que llevan estos carros a la batalla tienen una imprudencia innata y un sentido de sadismo, y sus lenguas lanzadas azotan mientras prueban las gotas de sangre que perfuman el aire. Los corceles conducirán sus carros hacia la más densa concentración de fuerzas enemigas una y otra vez, porque no temen nada salvo el aburrimiento y la suavidad, y no tienen el ingenio para valorar la autoconservación. En esto, son la fuerza motriz perfecta para los carros de los anfitriones de Slaanesh.

Buscadores, Diablos y Hellstriders[editar | editar código]

Las tropas de choque de las huestes de Slaaneshi adoptan muchas formas extrañas y sensuales. Ya sean bestias, demonios o caballeros, todos se emocionan con la trepidante carrera de las carreras al combate y la explosión de actividad que sigue. Para ellos, el golpe visceral de la carga que golpea el hogar es la perfección sensorial en sí misma.

Leer más[editar | editar código]

Mortales de Slaanesh

Categoría: Personajes Mortales de Slaanesh

Categoría: Rangos Mortales de Slaanesh

Demonios de Slaanesh

Categoría: Personajes Demonios de Slaanesh

Categoría: Rangos Demonios de Slaanesh

Categoría: Tropas Demonios de Slaanesh

Enlaces Externos[editar | editar código]

Fuentes[editar | editar código]

  • Battetome Hedonites of Slaanesh
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