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Jelsen Darrock No Oficial logo.png Por decreto de la Orden de Azyr, este artículo se considera fuera del Canon Oficial. Se declara carente de toda veracidad y blasfemo, y todo el que lo lea sufrirá purga inmediata. Si usted es el autor, diríjase a las autoridades competentes para someterse a la penitencia pertinente.

Atención: Material No Oficial

Esta es la historia de aquellos que hicieron realidad el sueño de Nova Paradisun, de aquellos que acudieron con ilusión y esperanza a la construcción del Paraíso.

Partiendo de los más variopintos y remotos rincones de los Reinos se movilizaron cientos de miles de personas, unos en busca de un nuevo hogar, otros huyendo de la guerra y otros simplemente porque querían ser partícipes de este sueño. Así fue como Nova Paradisun fue acogiendo a centenares de miles de familias que buscaban un futuro próspero.

Los primeros tiempos fueron buenos, formidables, había sitio para todos, constructores, maestros, magos, sanadores, agricultores. Todo el mundo tenía un sitio y la posibilidad de desarrollarse y colaborar con el mastodóntico proyecto.

Estos tiempos de bonanza no duraron mucho, allí donde la prosperidad florece el Chaos posa sus ojos e intenta someterlo, así fue que la primera oleada de las fuerzas oscuras tomo por sorpresa a los habitantes de Nova Paradisun. Los grandes demonios y la aterradora caballería que oficiaron de avanzadilla no tuvieron piedad con ninguno de los habitantes con los que se cruzaban.

Destrozaron cultivos y casas en las afueras, masacraron familias enteras en una vorágine de destrucción jamás vista por la mayoría de los que poblaban Nova Paradisun. Los demonios llegaron con la premisa de regar la tierra con la sangre de todo ser vivo con el que se cruzaran, no hacían distinción, lo único que importaba era la sangre con la que debían honrar al Dios de la Sangre.

La respuesta a esta primera invasión no fue inmediata y el pueblo sufrió como nadie la furia de los demonios. Los pocos que lograron sobrevivir se refugiaron en la ciudad, detrás de las murallas donde se “sentían” a salvo. A duras penas la guardia de la ciudad más grande del sur de Nova Paradisun pudo repeler y acabar con la avanzadilla caótica. Pero las perdidas eran inconmensurables y el futuro prometido se desvaneció en un parpadeo.

La ciudad tuvo que acoger a todos los habitantes del extrarradio y hacer acopio de todo el grano que pudieran transportar los agricultores con la ayuda de las máquinas de guerra y las grandes bestias que transportaban todo lo que podían para poder mantener a la población el mayor tiempo posible.

Rápidamente se enviaron mensajeros avisando del ataque y pidiendo refuerzos a las otras grandes ciudades.

Se alistaron prontamente las defensas, se llamo a los reservistas y se organizaron patrullas regulares por los lindes del territorio, después de este ataque, toda precaución era poca.

Para los recién llegados a la ciudad, aquellos que habían sufrido la peor parte de este primer asalto, las penurias no habían hecho más que comenzar.

Las dificultades para los asilados comenzaron al cruzar el gran portal de entrada, la ciudad no estaba preparada para acoger a tanta gente y se vieron obligados a dormir en las calles, no tenían que comer y no había quien les curara las heridas a aquellos que llegaron mutilados o maltrechos.

Con el paso del tiempo esto no mejoró, cada día llegaban más y más refugiados. La gente se peleaba por las calles por comida, por ropa o medicinas para sus hijos.

A nadie de la ciudad parecía importarles que estuvieran allí, la invasión que estaban sufriendo acaparaba todas las atenciones y recursos.

El caos entre los refugiados se fue incrementando y las peleas entre ellos terminaban con muertos y sangre por doquier, ya eran un cuarto de la población y esto se estaba volviendo insostenible.

Una tarde, después de una de las mayores reyertas que tuvieran lugar en los rincones de la ciudad, durante un segundo, un segundo que duro una eternidad, lo único que se escucho fue el llanto de unos niños, aquellos que entre la sangre y los muertos buscaban a sus madres y padres sin éxito. Este eterno instante de desesperación, de agonía y desolación de los más débiles hizo mella en aquellos que se encontraban de pie entre tanta muerte.

Se dieron cuenta de que estaban solos, que estaban abandonados en medio de tan inmensa ciudad. Y como por inspiración divina, fueron conscientes en ese instante de que eran invisibles al mundo, que la gente pasaba por su lado y ya no los veían, formaban parte del “mobiliario urbano” y si no dejaban de matarse entre ellos y empezaban a cooperar terminarían como sus familiares y amigos, esos que no pudieron huir de las envestidas de los Juggernauts.

Al unísono soltaron los palos y cuchillas con los que iban armados y como si fueran uno, comenzaron a limpiar las calles y a quemar los cadáveres. Desde ese preciso instante un acuerdo tácito se sello entre todos ellos, eran hijos de la misma desdicha y el sufrimiento los unía, los hacia mas fuertes y decididos.

De casualidad, mientras buscaban un sitio para dormir una noche de frio, encontraron unas antiguas catacumbas olvidadas por todos. No tuvieron mucho que pensar y ocuparon las catacumbas de la ciudadela, las convirtieron en su hogar y se organizaron en cuatro grupos, uno para explorar las catacumbas y hacer un detallado mapa de ellas apuntando entradas y salidas, sitios amplios donde establecerse, y la construcción de barricadas de seguridad en puntos estratégicos , otro que se encargaba del abastecimiento y el racionamiento del agua y la comida así como también de la educación de los niños, otro grupo era el encargado de la defensa y el adiestramiento en el combate, el cuarto se encargaba de "conseguir" dinero y objetos de valor para poder intercambiar después por lo que fuese menester.

El actuar de este cuarto grupo hizo que la guardia de la ciudad comenzara a perseguirlos y buscarlos sin descanso, pero eran tantos y estaban por tantos sitios que era muy difícil para estos el darles caza. Algunos eran pillados "in fraganti" y terminaban en las mazmorras del castillo, pero eran los menos, las catacumbas tenían entradas y salidas por toda la ciudadela y Los Olvidados habían hecho de ellas uno de sus más preciados tesoros.

Mientras la guerra avanzaba ellos se iban cobrando de la ciudad lo que creían que esta les debía, habían pasado años proveyéndola de materia prima y mano de obra y cuando mas la necesitaban la ciudad le había dado la espalda, abandonándolos a su suerte como animales.

No paso mucho tiempo cuando la guerra por fin se instalo en la muralla noroeste, toda la ciudad entro en pánico, los refuerzos no llegaban y las defensas de la ciudad con el pasar de los días fueron menguando.

Con el asedio las provisiones de la ciudad empezaron a bajar drásticamente y ya no había a quien robar. Uno de los últimos apresados por la guardia y después de ser amenazado con lanzarlo fuera de la muralla a merced de los demonios, no dudo un instante en revelar el paradero de sus “amigos” así como también todo detalle de las catacumbas.

Los soldados de la ciudadela no podían entender las razones que llevaron a estos refugiados a volverse en contra de la ciudad que los había acogido y decidieron presos de una rabia incomprensible, producto de la desilusión y la impotencia, tomarse la justicia por su mano, puesto que no había juez ante el cual llevar a estos desagradecidos.

Intuyendo que la capitulación de la ciudad estaba ya muy cerca no podían perder un segundo y debían actuar de inmediato, para no dejar impune a la escoria que había mordido la mano que les había ayudado.

Así fue que en el transcurso del día se organizaron y trazaron un plan, que ejecutarían por la noche. Se apostaron en puntos estratégicos de las catacumbas y vertieron gran cantidad un maloliente líquido inflamable por los respiraderos de los túneles.

A la voz de mando del Capitán incendiaron las catacumbas, entre gritos de agonía y dolor los pocos que pudieron escapar de las verdes llamas eran interceptados por los guardias en las salidas y ajusticiados en el acto.

Así, cientos de personas entre las que se encontraban decenas y decenas de mujeres y niños fueron asesinados cobardemente por la guardia de la ciudad solo un par de días antes de que esta cayera presa de los ejércitos invasores.

Con el Chaos ocupando la gran ciudad del sur, la corrupción daba su primer gran paso para la conquista del Nova Paradisun, no había ser vivo que pudiera repeler tal poder, y esto era algo que el Gran Nigromante sabia. Solo EL, El Dios de la Muerte era quien podía hacer frente y destruir los ejércitos del Chaos y hacerse con la ciudad.

Nagash ordeno a cuatro de sus mejores nigromantes que formasen un ejército y marchasen sobre la ciudad para recuperarla y es así como hoy, Los Olvidados se levantan nuevamente para hacerse con la ciudad y cobrarse lo que esta les debe.

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