Se despertó de forma repentina. Otra vez las mismas pesadillas, la misma marca, el mismo recuerdo. El mismo dolor. Por mucho que pasaran los años había fantasmas que aún conseguía disipar.

Tal era el destino de toda huérfana en Todaspartes. Nunca había tenido muchas oportunidades de cambiarlo hasta que le conoció a él.

El tacto de sus yemas rozó de nuevo una de las tantas cicatrices que portaba en su espalda. La memoria de los primeros años se había escrito en su piel, pero la de los venideros tenía doble fondo.

Apenas se esperaba que sobreviviera dentro de la Hermandad. La mayoría de neófitas morían nada más llegar, con apenas dos o tres años. Las diversas enfermedades, las bestias que se colaban en el convento, o las otras niñas que en momentos de debilidad estomacal recurrían a las más jóvenes en busca de llevarse algo tierno a la boca, habían puesto en entredicho su supervivencia.

Ella tuvo mala suerte y sobrevivió.

Nunca fue muy dada a creer, ya que prefería escaparse por las calles de la ciudad, soñar con correr libre, con haber nacido en una familia pudiente, con enamorarse de un valiente príncipe con el que recorrer los Ocho Reinos. Pero los sueños se evaporaban a golpe de látigo cada vez que otra de las hermanas descubría que ella había partido.

El precio de la libertad es demasiado alto para aquellos que nacen en el lugar equivocado.

Una vez, recordó, con apenas nueve primaveras, encontró un antiguo espejo de plata: fue la primera vez que pudo verse reflejada, con su pelo lacio y sucio, su cara amoratonada, y algún diente roto. No era como las princesas de las novelas que leía por las noches junto a un candil encendido.

Pestañeó rápido y se incorporó a la realidad que ahora la rodeaba. El cielo rugía tormenta, pero susurraba lamentos. Los mismos ruegos de todas las almas que rozaban por escapar del tormento que ahora sufrían. El mismo que ella había vivido.

Tenía tiempo, podía permitirse saborear aquel elixir un poco más mientras soñaba despierta. Había cierto placer en recordar un pasado que ahora estaba más presente que nunca.

Entonces lo recordó todo. Pudo ver su sinuosa y anciana figura entre la toga roída de color marrón bubónico que portaba. Cada semana, visitaba el convento y siempre preguntaba por ella. Una lágrima de sudor frío la desnudó de nuevo al imaginar el poco pelo que le quedaba al hombre. Algo debió de ver en ella y eso la hacía sentirse especial. Uno de entre los primeros de Sigmar se había fijado en la niña de los dientes rotos, tal vez por su dureza, o por su falso fanático fervor, aquel al que se aferraba diariamente para no perder la cabeza. Si Sigmar había escogido aquel papel para ella, ella no era nadie para ponerlo en entredicho. Cada uno debía recorrer el sendero que el señor ordenaba.

Al principio solo eran toques aparentemente inocentes. El la señalaba las zonas donde una mujer podía ser siempre útil al amo al cumplir con sus labores como esposa, aunque ella nunca podría ayudar así al señor una vez realizara los votos.

Se estremeció al recordar la primera vez que la mano caliente de aquel sacerdote se escurrió entre sus piernas. Su piel se tornó de gallina y sintió mucha vergüenza, mientras el hombre con voz dulce la animaba a calmarse, a decirla que solo era un regalo de la Diosa de la Vida en su cruzada contra Nagash. Tantos nombres importantes que para ella no significaban nada.

Lo siguiente que sintió era frío. El mismo frío de la piedra donde el hombre la tumbó después de introducir sus dedos entre aquello que la marcaba como mujer. Sintió cierto placer, no podía negarlo, pero cuando otro dedo se coló donde no debería, gritó.

"Cálmate, no pasa nada. Esto solo te diferencia de entre tus hermanas. Tu eres más especial que ellas a ojos de Sigmar, me lo ha dicho personalmente."- dijo mientras acariciaba sus calientes senos. "Ya estás preparada para ser una mujer, y el señor lo sabe".

El hombre continuó presionando ambos agujeros como si estuviera taponando una herida. Cuando ella intentó zafarse, él se abalanzó encima. Lo siguiente que notó fue mucho peor, cuando él entro en ella. Una vez por semana, él entraba en ella.

Por mucho que se lavara, no podía liberarse de aquella sensación de asco, estaba impregnada en su propia alma. Creía que las Hermanas Superioras lo sabían, pero aparentemente, las daba igual. Las chicas como ella solamente eran trozos de carne que rodeaban a un coño.

Era impura y lo sabía. Cada vez más flaca, cada vez con mayores surcos de oscuridad rodeando sus ojos tras pasar las noches en vela.


Pero el hombre solo hacía lo que ordenaba Sigmar, así que ella comenzó a rezarlo, a intentar comunicarse con él. Si ella lograba hablar con el señor, derecho que aparentemente se la negaba, tal vez podría cambiar la situación.

Hasta que decidió morder. El sacerdote había introducido su repugnante pene en su boca, y entre arcadas, ella regurgitó lo poco que había podido comer aquel día. Había llegado a su límite y nadie escuchaba sus plegarias. Así que solamente cerró la boca con fuerza.


Lo siguiente que recordaba era a ella misma corriendo sin rumbo tras escupir al suelo un trozo de carne sanguinolenta mientras el hombre se retorcía de dolor y gritaba.

Sabía que la matarían por aquello. Había desobedecido a Sigmar. No servía ni para alimentar a los perros. Así que simplemente se acurrucó entre unas cajas de madera que había en el almacén, esperando su momento.

Entonces, sus plegarias al fin fueron escuchadas. La tentación hace al ladrón, decían en Todaspartes. Y ella fue tentada durante cuarenta noches. Tal vez no era nadie a ojos de Sigmar, pero innumerables son los poderes que gobiernan sobre este mundo. Una caricia de placer, un beso de dolor, unos ojos en rojo.

Al día siguiente, la guardia de la ciudad encontró a toda la Hermandad muerta, las paredes del convento pintadas en rojo y decoradas por miembros mutilados de forma precisa formando símbolos andróginos. Nadie pensó en que faltaba una niña. Nadie conocía a la niña. Tal vez, Nadie era la niña.

Así encontró el camino al Noveno Reino, el Paraíso Noveno. Su nuevo amo la había abierto el portal a aquel lugar lleno de vida e inocencia. Un amo que se preocupaba por ella, que la llevaba a su palacio de éxtasis donde se fusionaba con placer todo el dolor que ella había sufrido en vida. Ahora, su misión era compartir ese don con el resto de mortales, abrir la puerta al privilegio de formar parte de algo más grande que ellos mismos, a atraer sus almas al eterno tormento de unos labios de mujer.

Ella fue la manzana que no se podía morder. El instinto nunca puede esconderse durante demasiado tiempo. La corrupción era un cáncer que ni los dorados soldados de Sigmar podían exterminar.

Poco a poco las ciudades fueron sumiéndose en la miseria mientras los nobles mataban a su pueblo en orgías de sangre. Así comenzaron las guerras internas, y poco a poco vino el cataclismo. Allá donde ella iba, las huestes de Slaanesh se manifestaban en pos de la depravación.

Músicos, artistas callejeros, trabajadoras de la noche... sus más oscuros deseos siempre respondían ante el látigo del amo. Los muertos desprovistos de alma comenzaron a alzarse, los orcos y las bestias a ganar terreno  los hombres, y los propios seguidores del falso dios a comerse entre ellos al no poder ni alimentar a sus familias. El Caos había llegado al Noveno Paraíso. La propia tierra estaba maldita y gemía por sus venas de fuego que no podía más. Cada uno intentaba sobrevivir a su manera, mientras otros intentaban sacar partido de la situación.

Volvió en sí. No sabía que la asqueaba más, si los bárbaros seguidores de Khorne a los que guiaba de forma suicida contra sus propios enemigos, o la locura que deformaba la realidad de los vampiros que la obedecían al ver en ella a su Dama del Lago. La daba igual, solo eran herramientas a tiempo de entregar sus almas a su nuevo amo. Las tribus de goblins la temían y no dudaban en enfrentarse a cualquier rival antes de tener que vérselas con ella.

Era curioso, pensó, pero daba igual. A su señor no le importaba de donde vinieran las almas, y la depravación que estaban generando lo mantenía contento. Ella era la rosa y ellos sus espinas. Al final, en el momento oportuno, los mataría a todos, si la fragmentación del núcleo del Reino no lo hacía antes.

Entonces, ascendería junto a su Príncipe Oscuro para servirlo como concubina por toda la eternidad.

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